Género y seguridad alimentaria

En el mundo existe más que suficiente comida para alimentar a toda la gente, pero el número de personas afectadas por el hambre y la malnutrición sigue siendo ‘inaceptablemente alto’, con efectos desproporcionados para mujeres y niñas. Revertir esta impresionante tendencia debe ser una prioridad principal de los gobiernos y las instituciones internacionales. Las respuestas deben tratar la inseguridad alimentaria como un asunto de igualdad, derechos y justicia social. La inseguridad alimentaria y nutricional es un fenómeno político y económico exacerbado por procesos mundiales y nacionales carentes de equidad. También es una cuestión del medio ambiente. Métodos cada vez más insostenibles de agricultura, crianza de ganado y pesca intensivas están conduciendo tanto a la contaminación del aire como a la erosión de los alimentos y del agua, todo lo cual está contribuyendo al cambio climático y la inseguridad alimentaria.

Más importante aún, la inseguridad alimentaria y nutricional es una cuestión de justicia de género. Una condición social inferior y la falta de acceso a recursos significan que mujeres y niñas son las más desfavorecidas por los desiguales procesos económicos mundiales que rigen los sistemas alimentarios y por tendencias globales como el cambio climático. Las evidencias muestran las fuertes correlaciones entre la desigualdad de género y la inseguridad alimentaria y nutricional – por ejemplo, pese al rápido crecimiento económico en la India, millares de mujeres y niñas siguen careciendo de seguridad alimentaria y nutricional como resultado directo de su condición inferior en comparación con la de hombres y niños. Esas desigualdades son agravadas por el acceso frecuentemente limitado de las mujeres y las niñas a recursos productivos, educación y toma de decisiones, como también por su ‘normalizada’ carga de trabajo no remunerado – incluido el trabajo de cuidados – y los problemas endémicos que son la violencia por motivos de género, el VIH y el sida.

Al mismo tiempo, las mujeres literalmente ‘alimentan al mundo’. Pese a que suele ser limitado su acceso a mercados ya sea locales o mundiales, ellas constituyen la mayoría de productores en el mundo y por lo general administran las necesidades nutricionales de sus familias. Logran hacerlo pese a las arraigadas desigualdades de género y precios cada vez más volátiles de los alimentos. Sin embargo, sus propias necesidades de seguridad alimentaria y nutrición – y a menudo las de sus hijas – están siendo descuidadas en el hogar, donde persisten normas sociales y culturales discriminatorias.